Fragmentos
Fragmentos de historias, desprendidas de su alma mater: el rol. Si, esto salió de un juego de rol. Ustedes saben, de esos en los que te juntás a charlar sobre cosas que no existen y tirar dados de múltiples caras (raramente de 6, pero también). Curiosamente, estas dos de acá son sobre dos personajes que tuve en diferentes momentos, y ambos representan de alguna manera posibles yo, y que conviven un poco en conflicto (por no decir bastante). La ambientación es más o menos algo que se parece a la realidad actual con el añadido de que hay algo así como mutantes, o 'dotados' como dice el master. Si, como X-men, lo se. Ah, y la primera es en una época, digamos, contemporanea; la otra, futurista.
Justiciero
"Escribo porque soy, porque necesito ser. Porque
la noche. Porque se me mete por los poros.
Porque la respiro y se me mete y no es otra cosa que yo, respirándome.
Escribo porque la oscuridad a mi alrededor
es la oscuridad en mi interior. Porque yo soy la noche
que detesto y que anhelo. Que anhelo y que detesto.
Me anhelo y me detesto. Me detesto, me anhelo.
Soy yo la noche. Soy yo el frío.
Soy yo la ausencia, la falta.
El negativo de todas las cosas.
Soy yo el que escribe.
Es el otro el que mata."
Reik Grim
Era demasiado pequeño pare recordar lo que sucedió. Es decir, cómo sucedió. De lo otro no faltarían estúpidos que, al mentirle, se lo revelaran. Conserva únicamente el recuerdo de una sensación. Una sensación del mundo como algo más que un interminable y llano paisaje gris. Lleno de eso que está en boca de todos, pero en el corazón de ninguno.
Ja.
A veces, al recordarlo, le da gracia. A veces hasta se pone la mano en el corazón y, concentrándose al máximo, alcanza a distinguir un ligero y apenas "audible" golpe a destiempo. A veces hasta le importa.
Era todavía bastante pequeño cuando descubrió que podía, con solo desearlo, privar a sus alrededores de aquello que le resultara molesto. Era todo como una gran mentira. Y él, poseedor de la Verdad, podía desmentirla. No por completo, sin embargo. Y no sin cierto esfuerzo. Pero lo suficiente como para hacer del mundo -máscara del Vacío- lo más llevadero posible. Para él, por supuesto. Apenas si se importaba... ¿Por qué alguien más tendría alguna clase de relevancia? "Cada uno disfraza el Vacío a su manera. -decía- Ésta es la mía."
Y así fue hasta que, cierto día, un apático y descascarado rostro que habría de encontrar por la calle reavivara en él una serie de conexiones neuronales ya olvidadas por su indiferente cerebro. De pronto, no supo más que una ira proveniente de quien sabe qué profundidades, y se vió a si mismo correr tras el sorprendido extraño. Un par de calles en agitada persecusión y ya lo había perdido. Sin embargo, la novedosa intensidad experimentada seguía allí. Lejos de desaparecer, poco a poco a se transmutaba en algo que -según explicaciones ajenas que recordaba y conjeturaciones propias- definió como dolor. Encurioseado y ligeramente divertido, se detuvo a indagar sobre todo este sinsentido que bullía en su interior. La conexión estaba restablecida, y los recuerdos no tardaron en surgir. Poco a poco fue recordando. Poco a poco fue comprendiendo. No es que el mundo sea vacío, es que él se había escudado en eso para sobrevivir. El mundo no es vacío. El mundo es un agujero inmundo, lleno de la porquería más abyecta jamás concebida.
Poco a poco, su dolor se fue consumiendo hasta apagarse por completo. Era él otra vez. Y sin embargo, no: el vacío, antes tan cómodo, le resultaba insoportable. Preso de una sorda desesperación hurgó en lo más hondo de si por la más mínima señal de dolor o cualquier otra emoción a la cuál aferrarse. No tuvo que buscar mucho para encontrarse con un leve pero arraigado resentimiento hacia la escoria que había hecho de su mundo este infierno gris. Aferrándose con todas sus fuerzas, se sumergió en ese sentimiento, expandiéndolo todo lo que pudo. Pronto, emergía victorioso y vengativo de entre sus profundidades; una euforia violenta le recorría el cuerpo, y él se relamía, embriagado.
Un perfume, suave y dulce, llamó su atención. La oscuridad de sus párpados cerrados cedía ante la cálida luz exterior. Se sentía casi completamente ingrávido.
Abrió los ojos y, como siempre, quedó atónito. La belleza misma yacía delante suyo, entre sábanas blancas. Ella extendió la mano y, como siempre, el contacto de su piel contra la suya lo estremeció. Sus ojos y su rostro entero irradiaban una dulzura para la que no hay palabras de este lado del delirio. Del otro tampoco.
Como siempre, despertó.
Ya la densa noche invadía sus sentidos, despertándolo, elevándolo por encima de todo y de todos. La sangre manaba, obediente. Roja. Limpió la hoja con un movimiento rápido, y envainó. Lejos estaba ya de ensueños. La realidad se imponía, cruel y violenta: suya. Sonrió.
-Mato para aliviar la herida sangrante del mundo. Para aligerar su carga. Para hacerlo algo menos repugnante. Creí que entenderías.
-Entiendo. Aún así, no es la forma. Sé que el mundo está mal, y sé también que es a causa de la gente incosnciente que lo habita. Pero no es realmente su culpa. No podés responsabilizar a cada uno de ellos por lo que un complejo proceso histórico a hecho de la sociedad moderna.
-Si, puedo.
-Reik... pensalo un poco. Es decir, yo tampoco creo que el Estado o cualquier organización jerárquica de la sociedad va a solucionar en algo todo esto. Yo también opino que depende de cada uno, pero no es la forma. Son seres humanos, como vos y como yo. Hablando solucionaremos mucho más.
-La diferencia entre vos y yo, Jaime, es que todavía te sentís parte de ese conglomerado heterogeneo que llamamos "humanidad". Toda tu rebeldía está subyugada a conceptos arcáicos.
Tu "conocimiento" no es más que putrefacción.
-...
-La escoria, aproximadamente el 98% de lo que llamás "humanidad", no es más que eso, escoria. Y voy a arrancarla de raíz. Una por una, hasta mi último aliento.
Pasos. Una risa mal disimulada.
-Siempre tan egocéntrico, Reik. El destino de la humanidad, o del "conglomerado heterogeneo" así llamado, no depende de vos, ni de mi; ni siquiera de tus buenas intenciones, Jaime. Tenemos que organizarnos de alguna forma o de lo contrario todo será caos. El actual es un perfecto ejemplo de ello.
-No vamos a ponernos de acuerdo, eso está claro.
-Ja. Creo que todos podemos acordar en eso.
-Ya que llegaste, sería mejor que nos pusiéramos a trabajar en los asuntos que nos conciernen. ¿Trajiste...
-Si, tengo todo lo necesario. Comencemos.
-Comencemos.
Homo Scio
El fragor de las armas era atronador, pero no era ese el adjetivo que Reno tenía en mente. Es curioso como un distinto punto de vista, aunque espacialmente difiera solo en unos metros puede resultar tan diverso; ciertamente, solo nosotros los humanos albergamos tal capacidad de divergencia para lo que esencialmente es un mismo conjunto de características genéticas. Tanto es así que creo que podría afirmarse con bastante seguridad que de existir alguna clase de ente observador consciente pero no humano, sea este Dios o una raza alienígena cualesquiera, el concepto de la humanidad como un todo provocaría en él el siguiente resultado: "¿Humanidad?, ¡Ja!¨.
No demasiado lejos, Lorelei seguía disparando, y el fuego que tanto brotaba de sus manos estaba ahora en sus ojos. "No más piedad" decían su boca y sus ojos, su cuerpo y sus manos. Por esquivar una bala, Reno la observó, desconociéndola. Alzó su arma y apuntó, pero antes de poder disparar se vio forzado a admitir que esa que estaba allí, con una sonrisa incipiente en sus labios, fuego en su mirada y la muerte entre sus manos era, en verdad, su amiga. Fue entonces que los adjetivos que habían revoloteado por la mente de ambos, mientras intentaban sobrevivir en medio del caos tomaron forma. "El fragor de las armas es...": "encantador", pensó Lore al ver caer a su enemigo con una sonrisa ya nada sutil en sus labios; "descorazonador", pensó Reno al ver a su amiga relamiéndose de gusto mientras coqueteaba con la muerte.
Antes de que la última bala surcara el aire, Reno ya no estaba. Lorelei y los demás lo buscaron entre los cuerpos sin resultado. Eventualmente, abandonaron. "Si está muerto ya no tiene caso encontrarlo, si sigue vivo, es evidente que no desea ser encontrado", dijo Rod. Todos asintieron. Pero Lorelei y su hermana, heridas y cansadas, se miraron con tristeza. Kendra preguntaba algo con la mirada, Lore asintió. Al instante, nervios hinchados y grotescamente visibles surcaban su rostro. "El olor a muerte satura mis sentidos, pero algo es seguro: si está vivo no está acá. Seguro que no querés que...", alcanzó a decir Kendra; "No, no es necesario. Estoy segura que estará bien", la interrumpió Lore. "O muerto", pensó Kendra. "O muerto", dijo Rod. "Probablemente no", dijo ella, mientras se desprendía la funda vacía de katana de su cinto y la arrojaba al suelo. "Probablemente no", pensó. "Bueno, hay que hacer algo con estos cuerpos, ¿no?", y sin esperar respuesta el fuego brotó y pronto lo envolvió todo.
Reno se despertó cansado y todavía bastante aturdido. Aunque ya se había lavado y cambiado, sentía como si la sangre todavía cubriera gran parte de su cuerpo y de sus ropas. Sangre suya y no suya. Sangre suya y sangre de otros. Sangre. Prendió un cigarrillo y salió afuera. Afuera, donde todavía la noche. Noche estrellada y gris, como todas. Recordó entonces las palabras finales de Card junto con su rostro surcado por lágrimas: "Hace 20 años que lloro por este mundo tan gris, y todo lo que quiero es sumirlo en llamas para que así recupere su antigua gloria.". "...¿Será cierto?", pensó, "¿Era antes el mundo tan colorido...? ¿Era glorioso?" Inspiró hondamente mientras miraba a su alrededor como el mundo se teñía frente a sus ojos poco a poco. Azul y rojo, melancolía y sangre, tristeza y furia. Recordó entonces a Jane y las rodillas le fallaron; recordó a Karl y desplomó su ira contra el suelo hasta que le sangraron los nudillos; imaginó sus manos alrededor del cuello sin vida de Card y la euforia colonizó su cuerpo y su mente, estremeciéndolo violentamente. "Lo es ahora.", pensó.
“¿Ya han pasado tres meses…? Adonde se fue el tiempo…”
“Si voy a ser sincero, pensé que no sobreviviría… Y, en parte, fue esa la razón de que me adentrara acá, en el desierto, solo. ¿Me pregunto por qué los lobos no me atacaron? Era presa fácil, y no es propio de las fieras desperdiciar comida.”
-bip, bip-
“Si, si. Todo es lógico para vos, mi adorada. Será eso lo que amo de vos… En lo que te concierne, estoy acá, ergo sobreviví, ergo los lobos no me atacaron, ergo debe existir alguna razón. No es falta de lógica… es falta de información.
Mucho me temo, sin embargo, que lejos estoy de tal pureza. Solo soy humano; ergo, debo creer en lo misterioso… aunque más no sea alguna vez en la vida. Porque, si no hubiera sido por mis deseos suicidas… Incluso –podría argumentarse- si no hubiera sido por Card y su bendito fuego glorioso (si no hubiera sido por Jane, por Karl, por Tobías)… jamás habría llegado hasta acá, y eso significa que jamás te hubiera encontrado, mi amor. Jamás te hubiera reparado y seguirías siendo solo un manojo de cables y muy potentes microchips.”
-bip-
“Estúpidos militares. Quién sabe para qué te usaban, allá por los días de ‘gloria’. ¿O se refería a antes de los militares…? ¡Bah!, es lo mismo. ‘Gloria’… ¡yo le mostraré la verdadera ‘gloria’!”
-bip, bip-
“Si, amor… nosotros. Nosotros le mostraremos. Le mostraremos la gloria de tu lógica. A ella… al mundo entero. Todavía solo puedes realizar procesos simples, pero con el tiempo… ya verás, te enseñaré… te enseñaré a pensar. Te daré ojos, te daré oídos. Boca y manos. ¡Tendrás manos por todo el mundo!, y tus dedos limpiarán la tierra de escoria como Card. Pero antes debo… ¡debemos! demostrarle, debemos enseñarle, enterrarle su sucia cara lloriqueante en lo maloliente de su propio error. Salvaremos este mundo decadente, mi amor. Lo salvaremos de si mismo.